15 Marzo 2009

Carta de Amor,...a un amor inexistente
13 DE marzo de 2009
CORREO CERTIFICADO
A quién corresponda:
...A un amor inexistente.
Escucho el rumor de las olas batiéndose bajo mis cansados pies anclados en la fría arena de la noche. Observo, casi hipnotizado, como rompen en la orilla, sin comprender porqué el mar me devuelve los recuerdos de tus risas y de tus prisas, de tus caricias y de tus besos, mientras yo, desolado, lloro por tu partida.
En esa frágil y quebrantable tranquilidad, me viene a la memoria el olor de tu piel desnuda, mientras intento retener en mis manos el agua que se escapa entre mis dedos, e intento alcanzar la razón de nuestra vida.
Cada tarde vuelvo sin saber porqué, o aún sabiéndolo me lo oculto a mí mismo, y me siento a contemplar como la espuma se esparce por la arena, mezclándose con mis lágrimas que recorren su último camino, antes de ahogarse entre la bruma, antes de que el agua las lleve mar a dentro, antes de que mueran en la frialdad de la noche como ya murieron por la frialdad de tu mirada.
No hay remedio. Volveré una y otra vez, convencido de que son tus manos las que acarician mi piel. Convencido de que es tu voz, sin oírla, la que escucho llamándome cada tarde, de que es tu mirada, sin sentirla, la que juega escondiéndose tras el horizonte y la que me espera cada día deseando que la encuentre.
Volveré, y no me cansaré de hacerlo, aunque entre las afiladas aristas de las rocas del acantilado se esconda la triste realidad de una muerte nunca soñada, nunca querida, siempre esperada.
Aguardaré la llegada de mi hora, y mientras, abrigaré mi alma y lucharé contra la inmensidad de la noche. La oscuridad me abraza. La niebla enjuaga mis lágrimas, los recuerdos se amontonan y me aterrorizan. Anhelo la pasión de tu mirada, el calor de cuerpo, el sabor de tus labios, el sentir de tus palabras.
Tengo frío. Las olas que trajeron mis recuerdos, ahora me los arrebata. Percibo como el viento acaricia mis pensamientos y el mar arrastra a su interior el calor de tu cuerpo, hundiendo mi amor en las gélidas aguas de mi pesar.
Tengo frío. Y a esa agonía que siento, le acompañan el reproche de tus palabras, y el dolor intenso de mi último aliento.
Tengo frío, y lo siento por saber que una ola empujará mi alma y mi cuerpo hacia un lugar desconocido. Me dejaré llevar hacia el fondo del abismo esperando no caer en el vacío, deseando perderme para no encontrar nunca el camino de regreso, aunque los dos sabemos, que nunca existió ningún camino.
servido por José Ignacio
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5 Febrero 2009

Alborada sin recuerdos
Nota: Había dado por concluido la serie "En la piel de otro", pero un correo electrónico enviado por el hijo de Luís, una persona que seguía mis relatos y me mostraba su cariño, me hace retomarla de nuevo. Ahora que la memoria le juega una mala pasada, me dicen que le siguen leyendo nuestras historias, y me pide que publique un relato sobre el Alzheimer. Sabedor como soy de mi desconocimiento sobre esta enfermedad, he decidido plantear un relato desde dentro, desde la memoria perdida y sus sensaciones. Tengo que reconocer que ha sido muy duro, y solo espero que con el relato, Luís sienta que le "regalo un minuto de mi tiempo" para que se reencuentre con sus recuerdos.
Los primeros rayos de luz se reflejan en el cristal opaco de la ventana. Parece que el astro rey, un día más, ha ganado la batalla al Sr. De la Oscuridad; a ese monstruo cruel que ahoga mis esfuerzos por conocer quien soy, a ese Caballero de la negra armadura que no me permite saber si la imagen que de ti tengo es real o si es fruto de la irrealidad de mi mundo imaginario.
Lucho con todas mis fuerzas para recatar de mi memoria todas aquellas cosas que no recuerdo de ti. Quiero creer que en algún rincón guardé las caricias y los besos que tal vez me diste; las palabras que quizás algún día me dijiste; las miradas y las sonrisas que seguro vi en tu olvidado rostro, y que sin embargo no encuentro.
Miro a mí alrededor intentando retener en mi cabeza, todo lo que mi limitado mundo me ofrece, sabiendo como sé, que no puedo esperar nada de mi búsqueda. Noto tu presencia a mi lado, o al menos quiero pensar que la siento; aunque tengo dudas de si siento lo que siento, o si lo que siento es sentir.
La mañana avanza mientras las nubes amenazan con atormentar de nuevo mis pensamientos. Busco entre la gente que me rodea alguna cara conocida, pero no reconozco ninguna. Oigo sus risas, sus voces, sus palabras. Siento sus caricias, sus abrazos, pero no reconozco nada, ni a nadie. Me llaman por mi nombre, que ellos saben mío y que a mi me resulta tan extraño como las historias que me cuentan, como todas las palabras que me dicen, como todos los colores que veo y todos los olores que huelo, como todas las miradas que siento.
Quiero escapar y respirar tranquilo. Quiero sentirme libre dentro de la cárcel en que se ha convertido mi mente y poder abrir de par en par las puertas del penal en que se ha trasformado mi vida,... pero no creo que lo que vivo sea vivir. No sé si me acordaré como salir de aquí. Ni siquiera sé si recordaré como soñar que salgo, ni como ser libre entre los barrotes inexistentes de mí sufrir.
Quiero andar, pero no sé como se anda. Quiero volar, pero tampoco sé como se vuela. Quiero encontrar la llave de la caja donde algún día escondí mis recuerdos y cerrarla para siempre para que ningún otro pueda escaparse.
Veo gente que me mira y que me habla, pero no entiendo lo que me dicen, ni lo que esperan de mí, ni lo que sienten, ni porque ríen mientras yo lloro por dentro, aunque tampoco sé si esto es llorar. La verdad es que ya no recuerdo ni como se ríe, ni como se llora, ni como son las lágrimas que hoy no recorren mis mejillas.
Rezo sin saber muy bien si hay alguien a quien rezar, pero pido a quien me escuche que me regale un minuto de su tiempo, solo un minuto, para poder reunirme con mis recuerdos y para memorizar como se muere, pero... ¡joder!, tampoco sé lo que es morir, ni lo que significa el término vivir; ni como se vive, ni como se muere.
Seguiré sentado en esta silla de ruedas mientras las nubes pasan, mientras la lluvia caiga, mientras el sol ilumine tu cara antes de que la oscuridad se adueñe de mi noche, como ya lo ha hecho con mi mente. Seguiré sonriendo mientras pronuncian nombres que ya no recuerdo, sin entender lo que me dicen, y lo que es peor, sin saber si tus ojos me miraron alguna vez; si alguna vez me amaron como yo no recuerdo haberte amado. Seguiré sin recordar el olor de tu cuerpo, ni el sabor de tus besos, ni el roce de tu piel. Seguiré sin saber si la imagen difuminada de tu silueta esculpida por mis imaginarias manos, es la que aparece en mis sueños entremezclándose con mi realidad soñada.
No sé si me queda tiempo para odiar lo que siento, o si es normal no sentir nada por lo que odiar, por lo que querer, por lo que vivir, por lo que morir.
La luz volverá a ganar su batalla diaria, y yo la estaré esperando para encontrarme con la misma gente, con las mismas caras desconocidas, con las mismas personas con las que compartir los largos minutos que parecen detener el paso de mi tiempo. Volverán las sonrisas y las caricias, sin saber por qué sonrío, ni por qué me acarician. En algún momento oiré tras la puerta el llanto furtivo de quien me cuida, sabedora, como es, que nunca más será por mí recordada; de quien me ama, a sabiendas de que yo ya no se lo que significa la palabra amar; de quien me acaricia y me besa sin esperar recibir mis caricias y mis besos; de quien conoce que mi amor ya no le pertenece, y aún así, me sonríe cada mañana.
¡Que lenta agonía padecen los que a mí alrededor corren, y hablan, y gritan, y lloran, y miran, y tocan, y sufren, y ríen,... y todavía esperan! ¡Qué lento desconsuelo padecen aquellos a los que miro sin ver, aquellos que por mí viven en un "sin vivir", mientras yo muero en un "sin morir"!
Veo salir el sol muy despacio por el horizonte de otro amanecer sin recuerdos, de otra bella alborada que cubre de rocío mis marchitos pensamientos.
...A Luís.
© 2.009 - texto y fotografía.- José Ignacio Izquierdo Gallardo
© Se permite el uso personal de los textos, datos e informaciones contenidos en estas páginas. Se exige, sin embargo, permiso de los autores para publicarlas en cualquier soporte o para utilizarlas, distribuirlas o incluirlas en otros contextos accesibles a terceras personas
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11 Enero 2009
Nacer cada día
José Ignacio Izquierdo Gallardo
Siento como la lluvia cae sobre la tierra seca. Inspiro el olor que desprende y que impregna mis recuerdos trasladándome a la niñez.
Charcos dispuestos para ser pisados, para saltar sobre ellos salpicando de agua las sonrisas. Hoyos abiertos como heridas en la tierra esperando a ser conquistados por un ejército de bolas hábilmente adiestrado por mis manos. Carreteras de arena con pendientes y saltos, donde las chapas hacen camino demostrando su pericia. Juegos que van creciendo, como crecen las risas y las sonrisas; mientras los años pasan; mientras las caras cambian; mientras las manos rozan por primera vez la piel deseada.
Abrazos y suspiros; besos, lágrimas y adioses. Primaveras marchitas que dan paso al calor seco del verano; tierra de nadie de tinieblas llena que preceden a la triste pero necesaria despedida.
Comienza el otoño. Los árboles visten de ocre sus hojas, los cielos se cubren de gris, los vientos endurecen mi camino. Nuevas caras, nuevas sonrisas, nuevos amores por senderos nuevos.
Busco refugio donde pasar el duro frío del invierno, donde mirar el quemar de la madera preparada en la chimenea, donde dejar que el movimiento de sus llamas me hechice, donde dejar volar mi imaginación y llenar de amores prohibidos la roja alfombra de aquella estancia.
Olores a azahar, a hierba fresca y a piel mojada. Sabores a húmedos besos, mientras imagino tu mirada; mientras sueño con tus caricias: mientras anhelo tu boca; mientras deseo tu sexo.
Cae la lluvia sobre la tierra seca y su olor anuncia la llegada de una nueva primavera. Atrás quedan los recuerdos, los sueños, los proyectos inacabados. Comienza una nueva vida que parte de la nada para morir en el infinito frío del próximo invierno; tras un seco verano, tras un bello otoño. Pero antes de volver a morir para volver a nacer, notaré el olor a lluvia que impregnará mis recuerdos, sabiendo que otra puerta se abre, que otra vida me espera, que otra primavera marcará el inicio de la nada para ir creciendo poco a poco a cada instante, a cada minuto, con cada mirada.
No se muere un poco cada día, sino que cada día da comienzo una nueva vida, llena de verdes primaveras, de secos veranos, de impresionantes otoños y de fríos pero sugerentes inviernos.
© 2.009 – texto y fotografía.- José Ignacio Izquierdo Gallardo
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28 Noviembre 2008


Sólo son vacaciones, pero jo!, que ganas tenía de que llegaran. Una semana; una semana para mochila a la espalda y en buena compañía, perderme por los caminos de La Mancha, que a estas alturas del año nos ofrece imágenes tan bellas como la que aquí os dejo.
Preparados están los cuadernos, los lápices y la pluma, como preparada está la cámara fotográfica, para plasmar los “instantes” que a buen seguro nos encontraremos y disfrutaremos por esta región, cargada de historia y de historias.
Retomar proyectos aparcados en un cajón, madurar ideas para otros nuevos, o recoger datos para futuros escritos, son algunos de los planes que tengo para estos días. Reconozco que hace un año no podía imaginar lo mucho que se disfruta escribiendo, ni lo mucho que me gusta presentaros lo que escribo, pero… me deje llevar por vuestros comentarios…
Hasta la vuelta.
Dejarse llevar
Ni siquiera sé porqué me gusta el viento,
ni porqué tengo la sensación que siento
cuando acaricia las hojas de las acacias,
cuando pronuncia tu nombre entre sus ramas
y con su aliento parece que aún me llama.
Ni siquiera sé porqué me gusta la lluvia,
ni porqué su olor levanta en mí pasiones,
ni porqué al notar su abrazo y su lujuria
provoca en mí diferentes pensamientos,
y un sin fin de sensaciones.
Ni siquiera sé porqué la luna me inspira,
ni porqué me hechiza y no puedo
dejar de mirarla cuando está llena,
ni porqué me gusta el silencio que me ofrece
ni porqué siento que su fuerza me protege.
Ni siquiera sé el motivo por el que escribo,
ni porqué mi pluma se desliza entre renglones en blanco
dejando su tinta en el papel vacío,
guiando mis pasos por su destino,
dando forma a sueños y pensamientos lejanos.
¡Pero que bien me encuentro cuando escribo!
¡Pero que a gusto me siento
jugando con el viento!
¡Pero que sensaciones tengo
cuando la lluvia abraza mi cuerpo,
cuando sus gotas besan mi cara!
¡Pero que feliz me siento
cuando miro al cielo y a la luna,
en busca de tu mirada.
© 2.008 – texto y fotografía.- José Ignacio Izquierdo Gallardo
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21 Noviembre 2008

“EL DESPERTAR”
Sigo vagando por las calles color turquesa que aparecen en mis sueños. La gente va de un lado a otro, pero, nadie se mira a la cara, nadie habla, nadie se para. Sus pasos son lentos; con esa desgana de los que no van a ninguna parte; con esa desidia de los que no tienen prisa por llegar a donde nadie les espera. Siento frío. Tengo miedo de no saber como salir de allí, a pesar de que todas mis imaginarias mañanas, al llegar el día, y al abrir los ojos, me encuentro tumbado en mi cama, con las sábanas húmedas de miedo y revueltas de desesperación.
Llega la noche y el miedo acrecienta mi angustia. Lucho para no cerrar los ojos, pero el sueño me vence; siempre me gana la partida a pesar de la disputa que mantengo. Soy débil. Siento la debilidad del vencido, la inseguridad del hambriento, de la vejez, de la muerte.
Las calles siguen igual que las de la pasada noche, y que las de la anterior, y que las de siempre. Sigo vagando por las calles de mis sueños. Me siento en el bordillo de la acera. Me rebelo contra el sub.-mundo en el que me encuentro atrapado. Me niego a seguir caminando, a seguir viendo caras sin expresión; rostros impávidos y descoloridos que me aterran. Me niego a seguir gritando, sabiendo que nadie me escucha y que no encontraré las respuestas deseadas. Me niego a seguir en la búsqueda de la nada; o del todo; o de algo que no sé lo que es.
Miro mis pies cansados y solo veo heridas. Miro mis manos vacías, y solo encuentro llagas y abrasiones de tantas caídas. Miro mi corazón y ya no late. Miro mi alma y no la encuentro. Quizás solo me duele y veo lo que existe. Quizás por eso el alma ni me duele, ni la veo, ni la siento.
Estoy cansado y sin fuerzas, y lo peor es que ya no tengo ganas de seguir luchando. Ya no busco respuestas. Ya no me hago preguntas incontestables. Ya no busco sentido a todo esto, ya…, ya amanece. Hoy el cielo está cubierto de nubes y la lluvia golpea con fuerza los cristales de mi ventana. Veo pasar los coches con las luces encendidas y a la gente avivar el paso mientras sujeta con fuerza sus paraguas para evitar que el viento los destroce. En la radio suena una canción de Joaquín Sabina, que me hace estremecer, no por lo que dice, sino porque me hace recordar las horas atrapado en la nada, en mi nada. “Y nos dieron diez y las once, las doce y la una, las dos y las tres…”
Parece que el día gana la batalla. La lluvia cesa y los primeros rayos de sol se reflejan en el húmedo asfalto y en las aceras. La calle bulle de actividad y de vida, pero mi noche tenía prisa por volver. Se hace la oscuridad temida. Me meto en la cama y espero. Esta noche cierro los ojos con fuerza. Deseo que el sueño llegue rápido y me lleve. Por fin me duermo.
Mis ojos tardan en acostumbrarse a la insólita luz que emite mi luna. Veo gente correr. Por primera vez el silencio de mi pesadilla es roto por voces lejanas que no entiendo. Reconozco el rostro de los que giran a mí alrededor, de mis padres y de mis hermanos; de mi mujer y de mi hija; de mis amigos. El color turquesa se desvanece, y con él mi angustia. Estoy algo aturdido, pero me siento bien. Dos personas hablan a mi lado. <Afortunadamente, todo ha salido bien. En cuanto lo reanimemos del todo, lo pasaremos a la UVI. Después hablaré con ustedes> dice una de las voces. Una mano agarra la mía con fuerza. Los ojos me pesan y se vuelven a cerrar. Apenas distingo a las personas que permanecen a mi lado. Sigo sintiendo frío, pero noto que mis fuerzas vuelven para rescatarme. Siento un beso en la cara mientras noto la humedad de una lágrima furtiva que me moja el rostro. Vuelvo a dormirme. Ya no tengo miedo. Ya no hay calles, ni gente, ni temblor; solo árboles y jardines repletos de flores de vivos colores. Solo tranquilidad y silencio. Respiro profundamente llenando mis pulmones de aire puro. Sonrío. Ya no tengo prisa por despertarme. Se que llegará el día, y que habrá otras noches. Se que alguien me espera y vela mis entubados sueños. Pero también sé lo mucho que odio el color turquesa y ese olor a formol que impregna todo mi cuerpo, mi mente y mis sueños.
© 2.008 – texto y fotografía.- José Ignacio Izquierdo Gallardo
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18 Noviembre 2008

Lo que voy a contar, no puedo decir que por no pensado no fuera deseado. Sé que aquello cambió una parte importante del devenir de mi futuro. Pero hubo algo más. Hubo mucho más.
Fue un encuentro casual, como casual fue que me hallara de viaje de trabajo en aquella ciudad, en aquella terraza, en aquel hotel. No puedo explicar con palabras las sensaciones que sentí al ver a Sofía ante de mi mesa. Ese brillo en los ojos, esa sonrisa que tan bien recordaba. Habían pasado más de veinte años desde la última vez que la vi; desde la última vez que la desee. Aquel lejano día ella iba vestida de “blanco” y su vida tomaba un camino que se alejaba para siempre del mío.
Su vestido de seda negra dejaba adivinar su escultural figura. Tenía la sensación de que nada había cambiado, que el tiempo para nosotros, apenas había avanzado, que todo seguía como antes, que el antes se había convertido en presente y que nuestro presente había ayudado a borrar nuestro pasado.
Se sentó junto a mí. Reímos, lloramos, bebimos y volvimos a reír. Hablamos de nuestros recuerdos, de nuestros amigos, de nuestra historia. Hablamos de nuestras vidas separadas, de nuestras familias, de nuestros trabajos y de nuestros proyectos, y también de nuestras fantasías de juventud y de nuestras promesas incumplidas. En definitiva, nos pusimos al día de todo lo acontecido en nuestros diferentes caminos. Todo parecía tan cercano y tan natural…
A los dos la vida nos había tratado relativamente bien. Sofía continuaba felizmente casada con Sergio y tenían una preciosa hija de dieciocho años. Dirigía un importante y conocido laboratorio farmacéutico, y seguía tan bella como siempre. Yo, también estaba casado y con dos hijos, que cada vez me necesitaban menos. Creé un despacho de abogado que con el tiempo se convirtió en una sociedad jurídica de gran relevancia. Eso me había otorgado una importante reputación en el sector, por lo que era reclamado para dar conferencias en gran número de países. El encuentro con Sofía fue una grata casualidad que nunca me hubiera imaginado que pudiera pasar. También fue casualidad que Paz, mi mujer, no me acompañara en aquel viaje, pero una inoportuna enfermedad familiar le impidió salir de Madrid. Era la primera vez que no estaba a mi lado en uno de mis viajes.
La noche se nos echo encima y nuestros quehaceres del día siguiente aconsejaban que nos retiráramos a descansar. Quedamos a cenar al día siguiente para seguir hablando de nuestro pasado.
“… los minutos parecían detenerse a cada instante y la noche tardó una eternidad en hacer su aparición…”
Cuando llegué al restaurante Sofía ya me estaba esperando. Su sonrisa acentuaba aún más su belleza. Tengo que reconocer que me sentí alagado y orgulloso de ser yo el destinatario de su compañía.
Durante la cena, no paramos de reírnos. La complicidad que un día tuvimos se mantenía intacta, y eso nos hacía sentir a los dos. Por un momento nos olvidamos del resto de comensales que abarrotaban aquella sala. Por un momento el reloj de la vida se paró y la gente desapareció. Por un momento solo existíamos ella y yo, nada ni nadie más. Solo ella y yo.
Ya no hubo más palabras en toda la noche. Ya no se oyeron más risas, ni se pronunciaron más recuerdos. Solo caricias y besos; solo miradas; solo silencios.
Me produce escalofríos rememorar lo que ocurrió entre aquellas sábanas. Toda una noche llena de matices y olores olvidados. Llena de piel erizada y sudorosa. Llena de pasión y de locura.
Su lengua se fundía con la mía, mientras sus manos se aferraban a mi desnudo cuerpo, mientras mis pensamientos más oscuros se perdían más allá del horizonte. Deje mis ojos abiertos intentando congelar ese momento que los dos sabíamos efímero. Sentí como sus ardientes labios derretían los míos. Los dos parecíamos resignados tras perder la batalla contra nuestras respectivas conciencias; si es que plantamos batalla; si es que tuvimos conciencia.
Por una noche juntamos nuestras existencias como si de una sola se tratara. Mis besos jugaron con su cuerpo mientras su boca lo hacía con el mío. Nos amamos intensamente, sabedores de que aquella sería la última vez que nos veríamos, sabedores de que nuestros pasos seguirían por diferentes caminos, que nunca más volverían a cruzarse.
El amanecer nos recibió entre caricias y miradas de complicidad. Dejamos que los primeros rayos de luz bañaran nuestros cuerpos mientras en silencio, y el uno junto al otro, nos quedamos dormidos a la espera de que aquel sueño, aquellas sensaciones, no desaparecieran para siempre.
El sonido del teléfono rompió aquella mágica realidad. Sofía ya no estaba a mi lado. Se había marchado tal y como llegó, en silencio, como si de un espejismo se tratara.
Las revueltas sábanas de la cama eran el testigo mudo de nuestro apasionado encuentro; las sabanas y los restos mi conciencia esparcidos por toda la habitación.
Durante el largo viaje de vuelta a casa no paré de pensar en las sensaciones vividas con Sofía. Recordé cada una de sus caricias, que removieron los cielos y los infiernos, los sentidos más ocultos y los placeres más inciertos. Tengo guardado en mi memoria el sabor de sus labios. Me estremezco al recordar como su boca me devoraba, como sus besos me calmaban, como sus manos me tocaban.
Una mezcla de sentimientos enfrentados me perseguía mientras subía las escaleras de casa. Me sentía culpable ante mi mujer, ante Sofía y ante mí mismo. Me sentía cansado por el viaje e invadido por una extraña excitación. Paz me esperaba despierta, sonriendo de forma pícara y excesivamente cariñosa. Me resultó extraño encontrarla tan ansiosa por verme, por tenerme, por sentirme. Hicimos el amor como no recordaba haberlo hecho con ella en muchos años. No sé cuando la pasión se convirtió en rutina, pero ahora reaparecía renovada. Tampoco recuerdo el tiempo que había pasado desde la última vez que note sus caricias y sus manos; sus besos, sus pechos. Yo miraba en silencio. Paz solo sonreía, miraba y callaba.
Volvieron las caricias y el deseo desaparecido. Volvieron los besos y la excitación no fingida. Otra noche también deseada, aunque desde hace tiempo no pensada.
A mañana siguiente le tocó el turno a las palabras, a las miradas, a… Algo había cambiado no solo para mí aquella semana.
- ¿Sabes a quién me encontré este fin de semana en la galería de Javier, cariño? – No te lo vas a creer. Te acuerdas de Sergio, si hombre, ese que se caso con… - ¿Cómo se llamaba tu ex?, ah, si Sofía. Pues ha venido de París y hemos cenado juntos. Sigue tan guapo y tan simpático como siempre y me dio muchos recuerdos para ti. ¡Fíjate que casualidad!, Sonia también ha estado la semana pasada en New York, como tú. Hubiera sido una gran sorpresa si os hubierais visto allí, ¿verdad?
Noté como las manos me sudaban y el corazón se aceleraba. Recordé que Sergio fue el que me presentó a Paz cuando Sofía me dejó. También recordé que había mantenido una corta relación con Paz; ¡Pero no! ¡Eso no...!
Ha pasado algún tiempo y mi relación con Paz ha dado un cambio radical. No hubo reproches ni preguntas. Solo amor renovado y deseado.
De Sofía no he vuelto a saber nada, aunque en las largas noches sigo soñando con ella, y siento como su lengua juega con la mía mientras su mano busca con avidez mi deseo y mi deseo espera con ansiedad su mano. Siento como sus besos me ahogan y como mi imaginación se deja llevar y recorre mi tiempo, su tiempo, nuestro tiempo.
En la cama, a mi lado, Paz sigue sonriendo en silencio. Una extraña excitación la acompaña en sus sueños.
© 2.008 – texto y fotografía.- J. Ignacio Izquierdo Gallardo
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10 Noviembre 2008

Mujeres Rotas
Abrí la puerta de aquel lugar, nuevo para mí, con la esperanza de que tras ella quedarán para siempre, las humillaciones, los desprecios, los golpes y ese olor a miedo que todavía llevo grabado en mi alma. Ese olor que durante tanto tiempo he sentido, y ahora solo espero que desaparezca para siempre.
A pesar del tiempo transcurrido aún noto el temblor de mis manos, la boca reseca, y esa mezcla de emociones entre el regocijo de saberme lejos de Juan y fuera de su espacio, y el desconsuelo de tener que estar aquí.
Después de todo empiezo a sentir la calma que me faltaba. Atrás quedaron muchas horas de amor y pasión, pero también de insultos y de golpes; de desprecios y de falta de respeto.
Comienzo a escribir una nueva página en mi camino, lejos de lo que conocía y a la espera de que algún día pueda volver a sonreír.
Nunca sabré como nuestra relación, llena de cariño y de abrazos, llena de complicidad y de miradas, pudo cambiar tan deprisa y desembocar en algo tan despreciable y humillante. No sé como el cielo se convirtió en infierno, como las caricias se convirtieron en golpes, como de los besos pasamos a los gritos, como del todo llegamos a la nada.
Nunca sabré por qué soporte en silencio todo aquello mientras me veía atrapada por una relación tempestuosa de la que no fui capaz de salir.
Acepté callada el control al que me sometía, los gritos, los celos y los reproches, las explicaciones y los “porqueses”. Acepté llorando el primer perdón, después de la primera bofetada, después de mi primera equivocación.
Pronto llegaron otros golpes y otras equivocaciones. Otras dudas, otros empujones y otros temores.
¡Cuantos chantajes y cuantas amenazas soporté! ¡Cuantas humillaciones sufrí y cuantos perdones otorgué! Y a pesar de ello, siempre terminábamos haciendo el amor.
Todavía tengo presente el sabor a sangre. De la primera sangre que cayó por mi rostro después del primer golpe. Todavía tengo grabado en mi mente, la sensación que sentí la primera vez que me miré al espejo después de una paliza. Conocí la cara del horror, de los malos tratos. Noté el dolor del alma, que era mayor que el dolor del cuerpo, que el dolor de los ojos hinchados y amoratados. Y seguí sin hacer nada…
A pesar de las palizas, sufría sus ausencias, que me rompían el corazón. Cuantos perdones pedí por sentirme culpable por no saber hacerlo feliz, por hacerle enfadar. Cuantas llamadas suplicando su vuelta, y cuantos empezar de nuevo, para morir un poco más cada día.
Mis amigos no podían entender como aguantaba sus muestras de ira, sus desprecios, sus comentarios hirientes. Ninguno de ellos sospechaba que yo callaba su maltrato y sus golpes. Ante ellos excusaba su actitud machista, simplemente por que a pesar de todo, lo seguía queriendo.
Muchas veces se marchó de casa y muchas volvió por que yo le llamaba para que lo hiciera. Cualquier motivo era suficiente para desencadenar de nuevo su batalla, para que aparecieran los insultos, los golpes, los gritos y ese olor a sangre al que poco a poco me iba acostumbrando.
Aguanté sus borracheras, sus reproches. Aguanté a sus amigos, sus juegos y sus vicios. Aguante sus silencios y sus vejaciones., sus castigos y sus humillaciones.
Por fin un día reuní el valor necesario para abandonar aquella casa, aquella tortura casi voluntaria. Denuncié a Juan por malos tratos, por la sin razón en la que me hacía vivir y por robarme la vida a pedazos, que ya no serían nuca míos.
Dejé que la ley me protegiera y la justicia hiciera su trabajo. Conseguí una orden de alejamiento, con la que me sentí más segura. Esperé, casi contenta, la llegada del juicio rápido que le metiera en el lugar donde se merecía.
No pasaron ni dos días desde mi marcha cuando el miedo llamo de nuevo a mi puerta, en forma de mensajes recibidos en el teléfono móvil, en llamadas nocturnas. Miedo a sus amenazas nada veladas y a sus miradas desde cualquier esquina. Miedo de saber que Juan me notaba aterrorizada y a su merced, y miedo al darme cuenta de que mis denuncias no servían para nada.
Y ocurrió lo mil veces pensado y mil veces olvidado.
Regresaba de una cena que tuve con los amigos, acompañada de Luis, que se ofreció ha hacer las labores de guardaespaldas. La noche nos ocultó el peligro al que estábamos expuestos, y mientras abría la puerta del portal, oí un grito desgarrador a mis espaldas.
Solo me dio tiempo a girarme para ver la mirada perdida en los ojos de Luis, mientras caía muerto al suelo. Tras él apareció la figura de Juan con un ensangrentado cuchillo en la mano. En su rostro se podía leer el odio de su corazón y su sin razón. Incluso en aquel momento, me sentí culpable por haberle abandonado y haber provocado el daño causado a Luis.
No sentí ninguna de las nueve puñaladas que Juan me asestó. No puede oír mis gritos en el silencio de la noche. No note el golpe al caer al suelo junto al cuerpo inerte de mi amigo.
Ya nunca me temblaran las piernas como lo hacían con el hecho de pensar en donde me encontraría a Juan. Ya nunca volveré a tener la sensación de angustia que tantas veces me acompañó. Nunca más lloraré por sus ausencias, ni por sus celos, ni por sus golpes.
Ha pasado un año desde que Juan acabó con mi vida y con mi sufrimiento. Un largo año, en que la puerta, de esta “Ciudad de las Mujeres Rotas” se ha abierto en demasiadas ocasiones. Un año en el que he conocido a más de ochenta nuevas mujeres, victimas de la violencia machista. Un año, en el que a tenor de las noticias que nos llegan, no ha cambiado nada en el mundo de los vivos.
Pensaba que los muertos no tenían la capacidad de sentir miedo, pero no es cierto. Todas temblamos horrorizadas cuando nuevas mujeres aparecen detrás de la puerta.
Ojalá, que pronto cambien las leyes y la justicia y podamos dejar de sentir miedo después de muertas.
Por cierto, no os he dicho mi nombre, me llamo Mª José, y aunque en este lugar no tiene ninguna importancia, podéis preguntar por mi si alguna vez os veis obligadas a llamar a la puerta de este desolador lugar, en el que a pesar de todo, nunca seréis bienvenidas.
Publicado el 11 de abril de 2008
http://lacomunidad.elpais.com/jose-ignacio-izquierdo
© 2.008 – texto y fotografía.- José Ignacio Izquierdo Gallardo
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