Mujeres Rotas
Abrí la puerta de aquel lugar, nuevo para mí, con la esperanza de que tras ella quedarán para siempre, las humillaciones, los desprecios, los golpes y ese olor a miedo que todavía llevo grabado en mi alma. Ese olor que durante tanto tiempo he sentido, y ahora solo espero que desaparezca para siempre.
A pesar del tiempo transcurrido aún noto el temblor de mis manos, la boca reseca, y esa mezcla de emociones entre el regocijo de saberme lejos de Juan y fuera de su espacio, y el desconsuelo de tener que estar aquí.
Después de todo empiezo a sentir la calma que me faltaba. Atrás quedaron muchas horas de amor y pasión, pero también de insultos y de golpes; de desprecios y de falta de respeto.
Comienzo a escribir una nueva página en mi camino, lejos de lo que conocía y a la espera de que algún día pueda volver a sonreír.
Nunca sabré como nuestra relación, llena de cariño y de abrazos, llena de complicidad y de miradas, pudo cambiar tan deprisa y desembocar en algo tan despreciable y humillante. No sé como el cielo se convirtió en infierno, como las caricias se convirtieron en golpes, como de los besos pasamos a los gritos, como del todo llegamos a la nada.
Nunca sabré por qué soporte en silencio todo aquello mientras me veía atrapada por una relación tempestuosa de la que no fui capaz de salir.
Acepté callada el control al que me sometía, los gritos, los celos y los reproches, las explicaciones y los “porqueses”. Acepté llorando el primer perdón, después de la primera bofetada, después de mi primera equivocación.
Pronto llegaron otros golpes y otras equivocaciones. Otras dudas, otros empujones y otros temores.
¡Cuantos chantajes y cuantas amenazas soporté! ¡Cuantas humillaciones sufrí y cuantos perdones otorgué! Y a pesar de ello, siempre terminábamos haciendo el amor.
Todavía tengo presente el sabor a sangre. De la primera sangre que cayó por mi rostro después del primer golpe. Todavía tengo grabado en mi mente, la sensación que sentí la primera vez que me miré al espejo después de una paliza. Conocí la cara del horror, de los malos tratos. Noté el dolor del alma, que era mayor que el dolor del cuerpo, que el dolor de los ojos hinchados y amoratados. Y seguí sin hacer nada…
A pesar de las palizas, sufría sus ausencias, que me rompían el corazón. Cuantos perdones pedí por sentirme culpable por no saber hacerlo feliz, por hacerle enfadar. Cuantas llamadas suplicando su vuelta, y cuantos empezar de nuevo, para morir un poco más cada día.
Mis amigos no podían entender como aguantaba sus muestras de ira, sus desprecios, sus comentarios hirientes. Ninguno de ellos sospechaba que yo callaba su maltrato y sus golpes. Ante ellos excusaba su actitud machista, simplemente por que a pesar de todo, lo seguía queriendo.
Muchas veces se marchó de casa y muchas volvió por que yo le llamaba para que lo hiciera. Cualquier motivo era suficiente para desencadenar de nuevo su batalla, para que aparecieran los insultos, los golpes, los gritos y ese olor a sangre al que poco a poco me iba acostumbrando.
Aguanté sus borracheras, sus reproches. Aguanté a sus amigos, sus juegos y sus vicios. Aguante sus silencios y sus vejaciones., sus castigos y sus humillaciones.
Por fin un día reuní el valor necesario para abandonar aquella casa, aquella tortura casi voluntaria. Denuncié a Juan por malos tratos, por la sin razón en la que me hacía vivir y por robarme la vida a pedazos, que ya no serían nuca míos.
Dejé que la ley me protegiera y la justicia hiciera su trabajo. Conseguí una orden de alejamiento, con la que me sentí más segura. Esperé, casi contenta, la llegada del juicio rápido que le metiera en el lugar donde se merecía.
No pasaron ni dos días desde mi marcha cuando el miedo llamo de nuevo a mi puerta, en forma de mensajes recibidos en el teléfono móvil, en llamadas nocturnas. Miedo a sus amenazas nada veladas y a sus miradas desde cualquier esquina. Miedo de saber que Juan me notaba aterrorizada y a su merced, y miedo al darme cuenta de que mis denuncias no servían para nada.
Y ocurrió lo mil veces pensado y mil veces olvidado.
Regresaba de una cena que tuve con los amigos, acompañada de Luis, que se ofreció ha hacer las labores de guardaespaldas. La noche nos ocultó el peligro al que estábamos expuestos, y mientras abría la puerta del portal, oí un grito desgarrador a mis espaldas.
Solo me dio tiempo a girarme para ver la mirada perdida en los ojos de Luis, mientras caía muerto al suelo. Tras él apareció la figura de Juan con un ensangrentado cuchillo en la mano. En su rostro se podía leer el odio de su corazón y su sin razón. Incluso en aquel momento, me sentí culpable por haberle abandonado y haber provocado el daño causado a Luis.
No sentí ninguna de las nueve puñaladas que Juan me asestó. No puede oír mis gritos en el silencio de la noche. No note el golpe al caer al suelo junto al cuerpo inerte de mi amigo.
Ya nunca me temblaran las piernas como lo hacían con el hecho de pensar en donde me encontraría a Juan. Ya nunca volveré a tener la sensación de angustia que tantas veces me acompañó. Nunca más lloraré por sus ausencias, ni por sus celos, ni por sus golpes.
Ha pasado un año desde que Juan acabó con mi vida y con mi sufrimiento. Un largo año, en que la puerta, de esta “Ciudad de las Mujeres Rotas” se ha abierto en demasiadas ocasiones. Un año en el que he conocido a más de ochenta nuevas mujeres, victimas de la violencia machista. Un año, en el que a tenor de las noticias que nos llegan, no ha cambiado nada en el mundo de los vivos.
Pensaba que los muertos no tenían la capacidad de sentir miedo, pero no es cierto. Todas temblamos horrorizadas cuando nuevas mujeres aparecen detrás de la puerta.
Ojalá, que pronto cambien las leyes y la justicia y podamos dejar de sentir miedo después de muertas.
Por cierto, no os he dicho mi nombre, me llamo Mª José, y aunque en este lugar no tiene ninguna importancia, podéis preguntar por mi si alguna vez os veis obligadas a llamar a la puerta de este desolador lugar, en el que a pesar de todo, nunca seréis bienvenidas.
Publicado el 11 de abril de 2008
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© 2.008 – texto y fotografía.- José Ignacio Izquierdo Gallardo
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