“EL DESPERTAR”

Sigo vagando por las calles color turquesa que aparecen en mis sueños. La gente va de un lado a otro, pero, nadie se mira a la cara, nadie habla, nadie se para. Sus pasos son lentos; con esa desgana de los que no van a ninguna parte; con esa desidia de los que no tienen prisa por llegar a donde nadie les espera. Siento frío. Tengo miedo de no saber como salir de allí, a pesar de que todas mis imaginarias mañanas, al llegar el día, y al abrir los ojos, me encuentro tumbado en mi cama, con las sábanas húmedas de miedo y revueltas de desesperación.

Llega la noche y el miedo acrecienta mi angustia. Lucho para no cerrar los ojos, pero el sueño me vence; siempre me gana la partida a pesar de la disputa que mantengo. Soy débil. Siento la debilidad del vencido, la inseguridad del hambriento, de la vejez, de la muerte.

Las calles siguen igual que las de la pasada noche, y que las de la anterior, y que las de siempre. Sigo vagando por las calles de mis sueños. Me siento en el bordillo de la acera. Me rebelo contra el sub.-mundo en el que me encuentro atrapado. Me niego a seguir caminando, a seguir viendo caras sin expresión; rostros impávidos y descoloridos que me aterran. Me niego a seguir gritando, sabiendo que nadie me escucha y que no encontraré las respuestas deseadas. Me niego a seguir en la búsqueda de la nada; o del todo; o de algo que no sé lo que es.

Miro mis pies cansados y solo veo heridas. Miro mis manos vacías, y solo encuentro llagas y abrasiones de tantas caídas. Miro mi corazón y ya no late. Miro mi alma y no la encuentro. Quizás solo me duele y veo lo que existe. Quizás por eso el alma ni me duele, ni la veo, ni la siento.

Estoy cansado y sin fuerzas, y lo peor es que ya no tengo ganas de seguir luchando. Ya no busco respuestas. Ya no me hago preguntas incontestables. Ya no busco sentido a todo esto, ya…, ya amanece. Hoy el cielo está cubierto de nubes y la lluvia golpea con fuerza los cristales de mi ventana. Veo pasar los coches con las luces encendidas y a la gente avivar el paso mientras sujeta con fuerza sus paraguas para evitar que el viento los destroce. En la radio suena una canción de Joaquín Sabina, que me hace estremecer, no por lo que dice, sino porque me hace recordar las horas atrapado en la nada, en mi nada. Y nos dieron diez y las once, las doce y la una, las dos y las tres…”


Parece que el día gana la batalla. La lluvia cesa y los primeros rayos de sol se reflejan en el húmedo asfalto y en las aceras. La calle bulle de actividad y de vida, pero mi noche tenía prisa por volver. Se hace la oscuridad temida. Me meto en la cama y espero. Esta noche cierro los ojos con fuerza. Deseo que el sueño llegue rápido y me lleve. Por fin me duermo.

Mis ojos tardan en acostumbrarse a la insólita luz que emite mi luna. Veo gente correr. Por primera vez el silencio de mi pesadilla es roto por voces lejanas que no entiendo. Reconozco el rostro de los que giran a mí alrededor, de mis padres y de mis hermanos; de mi mujer y de mi hija; de mis amigos. El color turquesa se desvanece, y con él mi angustia. Estoy algo aturdido, pero me siento bien. Dos personas hablan a mi lado. <Afortunadamente, todo ha salido bien. En cuanto lo reanimemos del todo, lo pasaremos a la UVI. Después hablaré con ustedes> dice una de las voces. Una mano agarra la mía con fuerza. Los ojos me pesan y se vuelven a cerrar. Apenas distingo a las personas que permanecen a mi lado. Sigo sintiendo frío, pero noto que mis fuerzas vuelven para rescatarme. Siento un beso en la cara mientras noto la humedad de una lágrima furtiva que me moja el rostro. Vuelvo a dormirme. Ya no tengo miedo. Ya no hay calles, ni gente, ni temblor; solo árboles y jardines repletos de flores de vivos colores. Solo tranquilidad y silencio. Respiro profundamente llenando mis pulmones de aire puro. Sonrío. Ya no tengo prisa por despertarme. Se que llegará el día, y que habrá otras noches. Se que alguien me espera y vela mis entubados sueños. Pero también sé lo mucho que odio el color turquesa y ese olor a formol que impregna todo mi cuerpo, mi mente y mis sueños.


© 2.008 – texto y fotografía.- José Ignacio Izquierdo Gallardo

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